Lectores
Yo sólo sigo aquí. Y todavía no me vieron. Soy casi más evidente que ese dios al que sobornan.
Lo oigo decir, y decir, y decir. No me oye, y si lo hace, abstrae de mis palabras, deforma y reformula erradamente, adrede. Me voy, y no puedo, me lo impide con la palma de la mano abierta sobre el cuello. Forcejea y elijo quedarme inmóvil, furiosa, para no completar el espectáculo. Finalmente vuelve sobre sus pasos, como si de ese modo me echara y tuviera la razón. Comienzo a caminar.
Me voy con miedo. Odio tener miedo. El odio al miedo me enoja. Camino buscando la oscuridad, con temor de mirar atrás y verlo persiguéndome. No miro ni siquiera para cruzar las calles, sólo camino y siento que mi rostro es una lápida lisa. Los que me cruzan lo ven. El estómago se vuelve contra mí, o contra sí mismo. No me deja en paz.
Llego a la parada. -Ahí viene- dicen las dos viejas. Subo, boleto, me siento, me mareo. Cierro los ojos, los abro, deslizo el vidrio de la ventanilla y me da frío, tengo los sesos revueltos.
El asiento de atrás se carga de pronto con cuatro que ya huelen a vino cuando recién dejaron de oler a mierda de sus pañales. Escupen canciones estúpidas de cancha, con tono arrastrado, aprendices de la imbecilidad, arrasados de lo que les vendieron como hombría. Abren la boca y lo rancio se potencia cuando el olor ambienta el fumo porro, tomo vino y cocaína y me trae a la nariz y a la boca eso que ya sentí: el asco.
Vomito, con la cabeza colgando fuera de la ventanilla. Nadie lo nota.
la monstruosa melange de tetas
el collage de culitos
y pies y ojos y dedos
las uñas amontonadas
las tetas enormes y redondas
cosidas y pegadas con saliva
mas tetas de las chiquitas
y conchitas primorosas
piernitas adorables
ni un pelito, ni un gramito
dientes de campeonato
es de lo mas horrible
pesadillescas nenas
que se unen siamesas
por la lengua, por los codos
los riñones
por la delicada tripa
hasta eso tienen de hermoso
y me asombra
me hace sombra
su belleza hija de puta
su candor maloliente
la impiedad que rozan
en los labios del hombre
el aceitoso ardor rancio
que arranca letras de oro
donde hubo pija y sudor
y el amor me lo doy por culo
si total
suficiente
jamas
Los haikus son construcciones poéticas de diecisiete sílabas, tradicionalmente formadas por tres versos de siete, cinco y siete sílabas respectivamente, que describen en forma breve una escena o emoción. Con sólo tres versos y a través de la observación, los poetas del haiku han sabido expresar su relación con la realidad transmutándola en imágenes. Son composiciones precisas, misteriosas e intensas.
Noche que se corta en la luz
de mi cuarto se oye
el quejido ahogado
sueña mi madre
con mi niñez
con mi padre
algo hay que dejo todo.
Ropa que flota y corta el fondo azulmarino, la tanda roja reluce en prolijamente acomodadas perchas, perfectamente espaciadas a ojo, perfumada y húmeda baila silenciosa y callada con la invisibilidad del viento que cabecea y la enamora. La luz real y natural vendrá a robarse el cortejo en cinco horas.
Una tierra inventada y descubierta al mismo tiempo. Un nombre absurdo. La otra noche anduve por ahí, con luna llena y todo.

Al verlo venir a lo lejos, sabiendo que el destino, la suerte, la casualidad o la justicia vinieron esa tarde a favorecerla, disfrutó de la calma gélida de la espera hasta tenerlo enfrente y, sin mediar palabra, le hizo estallar en la cara un golpe seco con el revés de la mano. Los nudillos inmediatamente se le abrieron en herida. Se miró entonces el dorso, reventándole en sangre, y levantó la vista hacia esa mejilla que ardía bajo los ojos que nada comprendían aún. Semejante emoción le ensanchaba el tórax, y al afirmarse sobre los pies comenzaba a sentir cómo lo alto de la espalda se le arqueaba, los brazos se separaban del cuerpo, los dedos de las manos se extendían y las fosas nasales se abrían, todo su cuerpo esperando, en franco desafío. La animalidad, así, tallaba en ella su obra más salvaje, una hermosa y digna hija finamente pulida a fuerza de exasperada paciencia nacía ahí, en medio de esa plaza, frente a la estación, entre la multitud.
Los había empezado a rodear la gente, silenciosamente.
El último atisbo de razón para evitar retornarle el golpe al que él debió recurrir fue un insulto crudo y pretencioso, por lo humillante, hacia su condición de mujer, que sólo consiguió dibujar en ella una sonriente mueca desquiciada y le dilató las pupilas colmándola de impiedad. Ese improperio se volvió el permiso para arremeter con todo el peso del cuerpo concentrado en la diestra, abiertamente, contra el pecho y voltearle la espalda sobre la tierra. Con la dignidad revolcada, luego de saltar inmediatamente para levantarse, él le hincó un apretón en el brazo y le susurró furioso entre dientes una última advertencia; apretón del cual ella se liberó tras varias sacudidas, hasta que en la última quiso arrojarle un nuevo revés que resultó errado e inexperto y permitió así que él le atajara la muñeca izquierda con una mano y la hiciera girar de un tirón para enfrentarla con el cachetazo que traía cortando el aire en la otra. Cuatro dedos llenos de tierra se le marcaron en el rostro, y otros cinco alrededor de la muñeca. Se restregó con dolor el revés de la mano lastimada.
Con los ojos cerrados se quedó procurándose aire por un brevísimo instante, los abrió agudamente clavados en los de él, elevando una ceja para hacerle saber que no fue suficiente, y se le rió resoplando por la nariz. Con un segundo insulto él acabó de darle su bendición para que ella se decidiera a propinarle el primer puñetazo de su vida, coronándolo así con el honor de encabezar la lista de los tantos merecedores. Todo quedó claro. El próximo golpe tenía destinataria y no vendría suavizado por falsas convenciones de inferioridad, sino que atropellaría estricto contra la mandíbula aunque, para sorpresa de ambos, no lograría tumbarla.
Ahora eran iguales.
Algunos amagaron a meterse, pero no tardaron mucho en darse cuenta de que esto era cosa de dos. Otros ni siquiera quisieron seguir observándolos, presenciar semejante contienda sería profanarla.
Desde lo bajo de la mirada, entre el mareo, sintió la sangre con su sabor metálico en la lengua. Se manchó los dedos de ese bermellón incitante al rozar los labios entreabiertos buscando tantear la herida. Al verla, él temió haberse equivocado y consideró el acercarse. Ella le cae con la frente sobre la nariz y rechaza así el último dejo de tolerancia. No la necesita, no la quiere. Se regocija con las gotas que ve correrle por el mentón, hilos de las venas que se desgarran y lo enfierecen.
Descarga pesadamente y libre de remordimientos el puño contra la sien de esta mujer que sostiene implacable la arremetida, y no duda. No está en ventaja. Sabe que ella no se valdrá de ardid alguno. No habrá lágrimas ni quejidos. No va a intentar escapar, pues esto es lo que buscaba. La ve caer una vez más y recuperarse del desconcierto del golpe frente a sus pies. Erguida nuevamente, acude a su cuerpo íntegro y se arroja sobre él. Se confunden en manotazos, los arañones de ella se le marcan en el cuello, él la doblega y, dejándola boca arriba, la apresa con su peso. Ella respira agitadamente, atrapada, buscando un instante para reponerse y aborrece el enfrentamiento con sus ojos. Flexiona, tras un grito ronco, una rodilla, y lo descoloca por fin. Se arrastra en cuatro patas hasta alejarse, mientras él se dobla de dolor a un costado. Trabajosamente se yergue, perdida por completo la compostura, y observa el gesto de él. Piensa en correr, pero no tolera la duda de saber cómo será. Quién terminará con quién.
Apena la estampa, mezcla de sudor, sangre, tierra, lágrimas. Los cabellos enmarañados, la mano herida, las uñas renegridas, los labios entreabiertos dejando ver más sangre desbordando una de las comisuras. El se repone y se sienta en el suelo. Llora callado. La mira desde abajo, ella se arrodilla a su lado y le acaricia el pelo, como solía hacer al besarlo, transitando con la punta de los dedos el recorrido desde el arco de las cejas, el contorno de los ojos, las mejillas, el filo de la mandíbula, el mentón, los labios…le imprime un beso enrojecido de sangre en la frente y se endereza. Se marcha lentamente, avergonzada, hasta que en la otra esquina, un niño de ropas sucias y rotas que corría detrás la alcanza y le deja entre las manos un ramito de fresias:
- Se lo manda el señor ése.